Mágico González, un mago de leyenda

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Los periódicos de El Salvador han recogido hace pocos días los intentos de un muchacho de meterse en el Alianza, club estrella de la liga salvadoreña. Se llama Jorge González Lemus; es hijo de otro Jorge González, Mágico, el dios perpetuo de la afición cadista. Pese a su juventud, el chaval es un dechado de realismo: «No soy como él, todos los saben. No hay nadie en este país como mi padre». Ni en la historia del fútbol mundial.

La figura de Mágico se diluye desde hace lustros en un ostracismo voluntario nutrido a partes iguales de retazos de realidad y grandes bulos que han calado por el desinterés de su propio protagonista en desmentirlos.

Salvo un fugaz regreso a Cádiz en julio de 2018 con ocasión de un partido-homenaje en el Carranza por su sesenta cumpleaños, poco se sabe de la vida reciente de aquel malabarista del balón, desgreñado y flaco, que prefirió derrochar su talento futbolístico al servicio de un equipo humilde mientras se centraba en «vivir» la ciudad andaluza como si no existiera un mañana.

El taxista fantasma

Las leyendas urbanas cercan al personaje, como esa que lo sitúa, carrera tras carrera, al volante de un taxi para perderse luego en quién sabe qué tugurio de San Salvador.

A esa imagen se ha agarrado el escritor Marco Marsullo para construir una biografía novelada del jugador que deslumbró en el Mundial de Naranjito. «Un taxi es como el diván de un psicoanalista», explica en conversación telefónica el autor, un napolitano de 33 años que reparte sus devociones entre San Jenaro, patrón de su ciudad, San Diego Armando Maradona –el otro «santo» de Nápoles– y el Milan. «Me interesaba describir su carácter a través de las conversaciones con los clientes, con los que habla de fútbol, pero también de otras muchas cosas de la vida, como la soledad, la fama o el fracaso. Aunque es verdad que se trata de un mero recurso narrativo, porque no hay indicio alguno de que, como algunos aseguran, esté conduciendo un taxi en su país».

Mágico González no fue un jugador al uso. Pudo ir al Barça (con el que giró en pretemporada como jugador invitado y mostró su versión más gamberra para frustrar su fichaje), al PSG, a cualquier otro equipo de presupuesto astronómico.Pero eligió el modesto Cádiz, entre otras razones por ser el conjunto de una ciudad del sur, emplazada junto al mar, en la que apenas se precisa abrigo, donde la vida transcurre en la calle y la noche, más que un momento, resulta ser un lugar. Solo buscaba divertirse, dentro y fuera del terreno de juego.

Jorge «Mágico» González alternó mucho, acaso demasiado. Pese a ser prácticamente abstemio, compartió charlas y tragos con Camarón de la Isla, del que se consideraba alma gemela, derrochó generosidad y amó a decenas de mujeres. En su debe, se saltó muchos entrenamientos y acumuló un expediente de indisciplinas que llevó a la directiva de la entidad a ponerle un psicólogo chino con la esperanza de enderezarlo. El especialista desistió de su propósito tras diagnosticar al salvadoreño como «irrecuperable». En las pocas sesiones que mediaron hasta que llegó la rendición, el paciente cuestionó la titulación del terapeuta, se presentó en la consulta en pijama y hasta trató de sobornable:«Te doy el doble de lo que te paga el club y me dejas tranquilo».

Mágico, con el Cádiz
Mágico, con el Cádiz

En cualquier caso, su faceta de bohemio incorregible levanta entre los cadistas –los que lo disfrutaron en carne mortal y los que deben conformarse con YouTube– tanta admiración como sus regates imposibles, sus pases trazados con tiralíneas, o aquella hazaña, memorable (Trofeo Carranza de 1984), en la que, tras salir al campo en la segunda parte, él solo se bastó para remontar al Barcelona un 0-3 cuando todo parecía perdido.

El relato de aquella noche de agosto todavía resuena como un manoseado soniquete en el bar Gol, cuartel general de los aficionados del Cádiz cuya parroquia tiene a Mágico como la advocación de su singular cofradía. Allí Marsullo se empapó de anécdotas difícilmente contrastables pero sobre todo se convenció del «secreto» que permite al salvadoreño continuar siendo un ídolo para miles de gaditanos tanto tiempo después de los días de vino y rosas: «Fue un genio lleno de generosidad que hacía felices a sus seguidores. Cuando tocaba el balón no solo se paraba el tiempo como en una moviola, también se detenían los corazones de los espectadores. Se trata de un jugador cuyo perfil no tendría encaje en el fútbol de hoy, donde priman los ‘‘productos’’ de gimnasio, jugadores de laboratorio que garantizan el espectáculo pero no la emoción. Mágico era todo emoción».

«Uno mejor que yo»

Marsullo ha tratado, en vano, de hacer llegar a Mágico un ejemplar del libro. «Creí haberlo encontrado a través del muro de Facebook de alguien que aseguraba haber jugado con él al fútbol en una playa de su país, pero se perdió la pista y no lo pude localizar».

La silueta inconfundible del Mago –lo de Mágico fue un error de transcripción de la prensa gaditana que acabó por imponerse– vuelve a ocultarse bajo un manto de chascarrillos que contribuyen a preservar la leyenda de un elegido, según reconoció El Pelusa en 1984, cuando aún estaba en el Barça: «¿Si soy el mejor jugador del mundo? Hay uno mejor que yo. Juega en el Cádiz».

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